Vertebral (por Raúl Alonso)
“Tengo los muertos todos aquí; ¿quién quiere que se los muestre?
Tengo los llantos todos aquí, como una llovizna fría.
¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?”
(El show de los muertos)
Charly García, 1974
Rosario y Javier se conocieron un 23 de junio. Era la mañana, aunque a ninguno le importó. Hacía frío y algunos chicos estudiaban a desgano en las escaleras. El viento era próximo y las mucamas hacían revuelo en las calles, creando algunas leyendas y silenciando verdades, únicamente relevantes para ellas. Sus amos, al volante, las seguían desde lejos, detrás de sus Rayban. Sus amas sollozaban en sus cuartos y se acostumbraban ya a perder.
A partir de hoy te llamaré Milagros. Si bien mi vida estuvo enmarcada por certezas, dudé mucho antes de bautizarte. Ya sabrás por qué lo elegí, pero quiero que sepas y tengas claro que dudé, una y otra vez. Este dato es importante, tal vez más para mí que para vos. Siento el viento, lejano, al mismo tiempo que tu respiración, la cual me invade mágica y torpemente, pues es torpe también tu respiración, y es torpe el viento, que no sabe de incumbencias pacíficas o de luchas personales y sangrientas. Te siento cerca, muy cerca, y anhelo acariciar tus manos, como vos acariciaste las mías, casi sin darte cuenta, como al pasar, por un túnel oscuro y húmedo que nos cobija y nos enseña, que nos asfixia con sus garras de traición y pudrición. Pero estaba con tus manos y no quiero desviarme de este sueño. Tus manos rozan mi cabello y el índice y el pulgar acarician mi oreja derecha, mientras me subo a un tren eléctrico que se detiene en cada estación. En cada una de ellas la gente se baja y vomita sobre las vías. Se escucha un silbato y la gente se apura para vomitar más rápido y más lejos, antes que el tren parta nuevamente. No puedo subir al vagón sin haber vomitado, por lo que el guarda me aconseja utilizar mis dedos para provocarlo. Observo que vomito sólo un líquido rojo tenue, mientras tus dedos se apartan por un instante de mi cabello y luego regresan a sus caricias, devolviéndome cierto sesgo de identidad, mientras subo al vagón para seguir. ¿Hacia dónde? Es curioso, anduvimos toda la noche, durante horas, y las estaciones siempre eran la misma estación del comienzo. Claro que con el correr del tiempo provocaba mis vómitos de manera siempre perfectible, pero mucho más rápido, lo que me permitía observar el escenario (creo) con descreimiento, llegado un punto, sólo existía un halo de luz de forma achatada, mientras dos hombres flacos y poco aseados trataban de dormir a su reflejo.
Nunca dejás de mimarme, Milagros, y creo a estas alturas, estar en deuda contigo. Cambiaría ciertamente cada caricia por algo de agua fresca, pero tampoco es negocio, comenzás a hurgar en mi bulto y yo te dejo, tal vez por cobardía o por resentimiento, no sé, entiendo que estás ¿enamorada?, bueno, no creo que sea exactamente necesario, pero cuanto más me gustaría que me amaras del mismo modo que yo. Es difícil negarse, me volvés a tocar y sin ayuno de prudencia me sacás el pantalón, casi de un tirón y me tirás en la cama, venís arriba y vuelvo a sentir tu sexo sobre mi dedo gordo y sobre mis testículos, y tenés uno, dos, tres orgasmos, mientras creo morir, mientras te amo, mientras me ato a tus senos para no caer.
Me cuesta contarte cosas de mi vida, Milagros, qué tonto, ¿no?, cómo podés comenzar a creerme, si aún no te he comentado nada para que creas. No puedo evitar ese obstáculo inconciente. Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes (dice Borges). Pero no me olvides, quedate conmigo esta noche y mañana también. Establezcamos juntos una manera de comunicarnos, quiero serte leal y no traicionarte, estamos haciendo la historia, en cierto modo. Como ya hicimos parte de ella, vos y yo, cada uno a su manera y en su contexto. Sabés que soy el hermano menor de Carlos, no mucho, sólo dos años, pero nos distancian bastante sus creencias y las mías, un poco como se distanciaron papá y mamá al poco tiempo de casarse, tal vez cuando comenzaron a ser como eran en realidad, como en todos los matrimonios. Pero Carlos no tiene ese inconveniente, al menos por ahora. Se mantuvo soltero, y con sus amistades del clero ha alcanzado una reputación que lo socorre a menudo en su posición de médico barrial. Papi hubiese preferido (estoy seguro) otro futuro para mí. Siempre proclamó sus deseos de felicidad y de entereza (para mí y mi hermano), pero sé que en el fondo quería verme al frente de la escribanía. Sólo pude alcanzar mi título de abogado, no sin muchísimo esfuerzo, pero sabíamos los dos –sin haberlo hablado nunca- que mi inclinación por lo social me traería problemas, más tarde o más temprano. Mami estaría orgullosa de mí, la observo por la cerradura del cuarto y la noto feliz, mirándose al espejo, sin hacer nada. Adivino su desnudez, aunque sólo veo su rostro. Ella sí me hubiese felicitado con el énfasis de las madres. Soy muy parecido a ella, tenemos las mismas formas de sonreír y hasta se adivinan en mi rostro algunos rasgos femeninos. Me hubiera gustado que se conocieran, no dudo que hubiesen terminado siendo amigas, aunque sé también que ella hubiese reservado para sí ese pequeño rencor de las madres, para con las mujeres que conquistan a sus hijos. Es mejor que no conozcas a Carlos. Has escuchado su voz, seguramente. Pero es bueno que no lo conozcas. Te estoy extrañando, Milagros. Hoy no te oí llegar, y eso me preocupó. Pero pude percibir que estabas, y me tranquilicé. A partir de allí, no me importó salir otra vez, cumplir con la rutina de cada hora, de cada minuto. En cada instante recordé que habías llegado y sólo eso me mantuvo alerta, dolorido y cansado, pero con cierta rara forma de felicidad.
Javier es un hombre apuesto. Nunca le otorgó tiempo ni dedicación a su físico, pero contaba con una natural prestancia. En cierta forma, diría que no conquistaba a las mujeres, sino que las demolía. Con pequeños jabs verbales iba imponiéndose, muy lentamente, hasta que sorprendía con alguna actitud poco común, inesperada, que dejaba a la mujer de turno sin negativas posibles.
Javier se recibió de abogado, entrando en los últimos tramos de la década del sesenta. Esta realidad hizo que su padre le obsequiara un Longines que mantenía desde su juventud junto con un orgullo expuesto y una gratitud oculta. Francamente nunca se había enamorado, pero igualmente se casó y tuvo dos hijos, a los que no volvió a ver desde que se marchó de su casa. No pudo regresar al hogar de sus padres, no por negativa de éstos, sino por algún prejuicio mal curado que lo obligaba a no claudicar en su lucha por la independencia económica y emocional. Odiaba el psicoanálisis. Leía a Benedetti.
A partir de hoy te llamaré Ives. Es verdaderamente simple. Es que eres para mí Ives Montand. Estuve con él tantas tardes de pueblo chico, lo amé tanto hasta la desilusión (cuando alguna bala inoportuna lo hería con desgano –sabía que nunca moriría-) en filmes de colores tan especiales para mí, que luego, al salir, creía estar viviendo en blanco y negro. Atesoraba también la música que adornaba sus pasos y sus dichos, esa voz tan romántica que me decía “buenas noches”, y que tomaba forma de manos callosas que acariciaban mi cabeza y cubrían mi cuerpo con las frazadas escocesas. Me pregunto a cada hora qué es lo que hago aquí. No entiendo bien cómo es esto de vivir. Juro que yo tenía el mapa de mi vida. Mis padres me lo habían obsequiado, siendo muy pequeña, invariablemente frágil y única. Siempre fuí única en mi hogar y es por eso (creo) que papá y mamá trazaron ese mapa con tanto esmero y amor. Siempre supe, con muchísima antelación, a qué pueblo o ciudad me aproximaba. Aún siendo una niña, cuando aún jugaba con el vapor de los vidrios, escribiendo nombres de gente querida o dibujando paisajes poco identificables. Es curioso, imaginaba los ventanales de casa como grandes pizarrones, donde podía escribir y dibujar lo que me viniera en gana. Podía borrar lo escrito, pero debía aguardar largos ratos hasta volver a escribir, o correr el riesgo de que mis letras o soles se fueran desintegrando hacia abajo, conformando lánguidas siluetas, que ya eran otra cosa, con otro nombre. Siendo joven descubrí algunos de mis dibujos en la obra de Dalí. Conocía mis destinos próximos, con exactitud, con tonalidades varias, pero matices, detalles al fin. La verdadera e importante ruta estaba trazada y tenía un amplio dominio de ella. Hasta el pasado mes de noviembre, cuando se produjo el desvío inesperado y ya nada fue igual. Tampoco podía prever que te conocería, Ives, pero en el actual contexto, lo agradezco. Mi relación con Pablo no estaba bien y la separación era una amenaza constante. Tal vez algún día cobre coraje para hablar con él y explicarle mi decisión de tener a nuestro hijo, aún a sabiendas de que él no lo reconocería como suyo, no tanto por desamor como por desconfianza. Y siento ese hijo, Ives, creeme que lo siento cada mañana. Entiendo que no debe sentirse a gusto, pero trato de brindarme para que sienta afecto, cierro mis ojos y adopto la misma posición que adopta él, hasta que por un momento parecemos una sola persona. Cierro mis ojos y lo imagino corriendo por el parque, mientras vos y yo lo observamos desde lejos, sonreímos y trazamos sobre un gran papel afiche el mapa de su vida, pero sin nombres ni pista alguna, que él mismo vaya descubriendo su itinerario, aunque nunca más solo. Sueño que te miro y siento ya el frío de esta tarde de junio, me alcanza y me penetra y sé que llega hasta él, sé que tiene frío, los dos tenemos frío y me hace falta tu abrazo, Ives, nos hace falta tu abrazo. Sé que están por llegar y creeme que los aguardo con ansias. En un primer momento rogaba a Dios no verlos, pero esto se fue transformando y ahora quiero verlos, sentirlos, hacerles saber que somos tres, que no les será sencillo.
Rosario nunca tuvo demasiada idea de su belleza. Esto suele ocurrir en aquellas personas bellas, lo toman con una naturalidad cercana a la ingratitud. Siempre optó por no adornarla, jamás usó maquillaje y sus ojos verdes grisáceos nunca se vieron amenazados por el rimmel. Hubiese, sí, preferido lucir su embarazo, por aquellos lugares que amaba. Tal vez visitar a su vieja maestra de segundo grado, esperarla a la salida y quedarse mirándola, hasta que sola se diese cuenta que era ella, Rosarito, con su bebé (aún no sé el sexo –aunque es tranquilo, intuyo que será nena-) y su acostumbrado paquete con tortas fritas.
Cuando podamos, Milagros, te llevaré a conocer mi casa de la infancia. Estoy seguro que no encontraremos vínculos allí, ni siquiera los fantasmas que nosotros mismos creamos y que pretendemos estén en los rincones, aguardando por nosotros (como si fuésemos tan importantes) Pero me encantaría verte el rostro si descubrís mis escondites, de los que tanto te hablé. Anoche tuve mucha sed, no podía aguantarla y fue sólo tu recuerdo el que me calmó.
Dormí mirando el cielo, el cual está muy, muy cerca, tal vez demasiado. Entiendo que tu cielo será el mismo, así que te sugiero que lo mires de la misma forma que yo. Abrí y cerrá los ojos, imaginando un celeste imperecedero, una y otra vez, cada vez con más velocidad. De esa forma pude atravesar las horas, sin darme cuenta, sin sentir el frío, sin sentir el olor que, de una manera u otra, despide mi cuerpo y (creo que) mi alma. También escuché algo de radio y en un momento me pareció oír tu voz. Sé que no eras vos, pero me alentó imaginarlo. Comencé a pensar una vieja letra de un tango que escuchaba con papi cada atardecer, sentados los dos, uno al costado del otro y con las luces apagadas. A cada estrofa traté de agregarle el tono musical que corresponde, jugando con la escala, de tal manera de cantarlo con distintos grados de graves y agudos. “Ayer cantaron poetas/y sonaron las orquestas/en las suaves noches de romántico querer/” La menor-Mi menor-Si Mayor. Cambio por Do Mayor-La Menor-Mi Mayor. Y así. Sé que me esperan visitas. No son las mismas visitas de la infancia, tal vez me pidan que toque algo en mi guitarra, pero hoy no siento ganas. No les daré el gusto.
Rosario Benedictis y Javier Solzano estuvieron detenidos desaparecidos durante la dictadura militar de Argentina. Convivieron durante siete meses en celdas contiguas y jamás se vieron las caras. Durante los últimos sesenta días estuvieron solos, cada uno en su pequeña celda, de techos muy bajos y con camas de cemento, sin abrigos ni almohadas. Se escuchaban el uno al otro, especialmente al regreso de las sesiones de tortura. Sobre las noches, se acercaban ambos a sus puertas y hablaban por la única rendija que existía en esos ámbitos. Desconocían sus nombres verdaderos. Rosario Benedictis tuvo un hijo en su cautiverio, (pese a su creencia, fue un varón) pero no alcanzó a conocerlo. Ella falleció a las pocas horas del parto.
Javier Solzazo regresó a ese centro de detención veinticuatro años después y alcanzó a identificar algunas de las más patéticas y miserables huellas de toda aquella historia. Leyó en la pared de una de las celdas “Ives, tuya por siempre”
