Punto de retorno
Por Raúl Alonso (2004)
-¿Querés más vino?-me preguntó Juanito, con un movimiento de ojos hacia la botella de tinto casero que había traído Tía Isabel desde San Juan. Pobre Tía. Qué alegría le causaba cada llegada de julio, cuando año tras año salía la excursión del Pami para la provincia que le había dado la vida y el primer y único amor. Tenía ganas de beber. La compañía de Juanito, desde la mañana muy temprano, en ese tramo en que el sol nos recuerda que somos inevitable y torpemente humanos, me hacía muy bien y mi rostro creo que lo reflejaba pues los gatos se ordenaban recostados como en un perfecto círculo mágico alrededor de mis zapatos, acción que emprendían sólo en esas circunstancias, tal vez uno o dos veces cada lustro. Aquella mañana era por donde se la mirase distinta al resto de las mañanas. Y no hablo solamente de no haber bajado por una vez a la Plaza San Martín hasta Florida y no haber discutido una vez más con Mario sobre la posibilidad de ver a Racing campeón. No. Esa mañana habían regresado a mi alma las ráfagas de desafío y de temor juveniles, aniquilando (palabra tan usada en este país, por gente que usa lo que tiene a mano, sean palabras, fusiles o picanas) las telarañas ya formadas y decididamente establecidas en ciertos rincones oscuros y tenebrosos del corazón que me ha tocado en suerte…
Ignoro por qué ese lunes opté por la bufanda escocesa, roja y verde, muy tradicional, tal vez demasiado. Se anticipaba de una manera muy acabada la frialdad que nos envolvería durante toda la jornada, y para colmo el 33 no llega nunca. Hacía meses que había intentado cambiar de Banco por uno que estuviese más cerca, bien podría ser el Nación que está frente a la estación Lanús. Pero nunca sucedía nada. Con este gobierno ya ni los acomodos funcionan y el cuñado de Elba, Ricardo, nada había logrado hacer con ese pedido hecho a sus amigotes del comité. Cercano a las diez, un cuarto de hora retrasado, subí al 33, aguardando como casi siempre que algún jovenzuelo tuviese esa antiquísima costumbre de ceder el asiento a un anciano. Que eso era, qué otra cosa, seamos sinceros Abelardo. La ancianidad nos había asaltado, como nos sorprendió la juventud y como nos jodió la adultez. Puta adultez, que nos sorprendió con un jodido trabajo, que nos brindó esta puta y jodida jubilación. Lo de siempre. Por Rivadavia la colas de los números impares. Por Talcahuano los de números pares. Abelardo Acosta. Par. Talcahuano.
Algunos insistían con la lectura de los diarios, creyendo inocentemente matar el tiempo, sin tomar cuenta –mientras el gris del cemento parecía unificarse arriba nuestro y poco a poco ajustaba una medida más sus manos sobre nuestros cuellos, quitándonos el oxígeno que tan ordinariamente habíamos desperdiciado en un competición sin sentido- que el tiempo, lentamente, era quien los mataba.
Y ella.
Nos separaban una treintena de personas, no obstante lo cual mi vista, tan castigada, tan subestimada por mí, volvía a contar con quince años, y me asistía. Primero sus zapatos (juraría que eran los mismos que usó esa noche, la noche en que nos sumergimos en una decisión conjunta, feliz, humana en su real sentido –animal en el sentido que siempre me gustó describirla- que no cambió nada en el desarrollo externo de nuestras vidas, pero que nos cambió, qué duda cabe) Luego sus medias, siempre impecables, y su vestido preferido, blanco, increíblemente blanco, que resiste el paso de los años, tal vez porque su silueta ha sido generosa con el mundo y le permite saborearla aún hoy, luego de más de treinta años.
La imagen de Alicia apareció en mi mente casi al mismo tiempo. No han pasado más de doche horas desde que sucedió, pero ya he olvidado. Anhelaría recordar con precisión el orden en que se establecieron en mí las emociones, tal vez porque volví a sentirme vivo. Ese estado de alerta somnolencia, en el cual todas las palabras comenienzan a significar cada minuto algo menos, en el cual el mundo entero, sí, el mundo entero desaparece y no se escucha más que Mozart y no se siente más que un corazón latiendo como debería latir siempre, si uno fuese tan inteligente de elegir vivir y no se ve más que esa imagen, expresiva, enérgica, que se ajusta a la escenografía más acabada, más real y, a la vez, más metafórica que se nos puede ocurrir.
La observé detenidamente. Cualquiera hubiese pensado que cobraba por primera vez, dato extraído de su rostro, redondo de alegría, su sonreír, su peinado de sábado a la tarde con reminiscencias de spray. Caminó por Talcahuano muy despacio, como en puntas de pie, eludiendo baldosas en flojo estado, ancianos, yuppies de celulares incandescentes y esperanzas torturadas, casi avergonzadas. Esperan-zas. Esperan. Esperamos.
Comenzaron a girar en torno a mí figuras muy arraigadas en mi memoria, en distintas tonalidades que abarcaban múltiples gamas de azules pero que no eran figuran inmóviles, sino como actos teatrales, sí, teatrales, con diálogos que se escuchaban tan nítidamente como desde la fila veinte, con ese efecto tan difícilmente explicable, voces huecas, roncamente masculinas, tan dulcemente femeninas, sí, era teatral, el espejo sobre el placard doble de la habitación, corbata gris, no, mejor la bordó, Abelardo, que te corta el azul, te queda linda. Vamos Alicia, llegamos tarde. Mi vida en círculos, como en un abrazador tío vivo, en manos de Bretch.
Sus ojos estaban enmarcados dentro de una gran esfera negra; no había nada fuera de ellos, sus contenidos celestes me impactaron, me desequilibraron. Desde hacía bastantes años no contaba con esa sensación en todo mi cuerpo. Creo no mentir en esto: cuando conocí a Alicia (feliz noche invernal, de esas en las cuales los sueños y las realidades se aparean, se cogen sin estupor, sin recelo y permiten que uno sea íntegra y desconocidamente uno mismo, entero, orgulloso) tuve la impresión de quien acaricia por primera vez los senos de una mujer, sin haberlos tocado, diría más, sin siquiera tocar ni sus manos, sólo Ah ella es Alicia, próxima psicóloga, y no escuché más, ni quise. Ese calor desde mis entrañas y mi corazón trabajando doblemente con la mitad de esfuerzo. El celeste en los ojos de Antonia permitió que renaciera en mí la sonrisa, tal vez no por imaginar ningún principio o final, sino por reconquistar mis fantasías, volver a contar en mi mente con todo el proceso interno que lleva a imágenes deseadas, diálogos compartidos y sensaciones comunes y la inevitable, feliz, desafiante aventura de esperar con calma que esa realidad finalmente coincida.
El viento comenzaba a hacerse sentir, como acompañando al sol en su subida hasta lo más alto. Cada golpe fuertemente aplicado en mi rugosa y curtida piel era como la orden de un imaginario director que cambiaba automáticamente la escenografía, las frases, y las consecuencias emocionales de mí, pobre espectador, antiguo protagonista, pobre y antiguo ser que lucha contra sí mismo para no dejar pasar esta última oportunidad de demostrar que los sueños son órdenes dadas al Universo para convertir la felicidad en asfalto y transitarla, y no dejar de hacerlo, gastar todas las suelas y los suelos. No alcanzo a sobrevivir sin vos, Antonia. Faltan pocos metros. Me observa. Toda de blanco, hermosamente de azul.
Sin duda, todo aquello había causado dentro de la familia cierto revuelo interior, más allá de lo poco que Alicia había decidido dar a conocer, casi siempre a través de gestos manifiestos o comprobaciones verbales que acercaban y diferían explicaciones que nunca llegarían en el tiempo justo. Creo no mentir si aseguro que Estela –mientras devoraba como acostumbraba los exquisitos buñuelos de banana que Tía Isabel preparaba los días doce (nunca supimos bien por qué había elegido esas fechas para tan disparatada costumbre)- fue la primera en regar pacientemente de dudas la mente de Alicia. Recuerdo que en ese anochecer, Alicia recorrió el gran jardín de la casa de Adrogué con su cabeza muy baja, como dialogando con su corazón, tal vez como única salida posible a la virtual imposibilidad de dialogar conmigo. En muchas ocasiones me pregunté cuál era el motivo por el cual mis diálogos con Alicia culminaban de la manera más inesperada. Podían finalizar muy bien, o bien, o mal, pero nunca de una forma que uno pudiese prever y mucho menos planear. Esa noche, en la casa de Adrogué, observé a Alicia caminar a tientas por el jardín y muy próxima a ella, casi adherida a su sombra la imagen de Antonia, que reproducía su lenguaje corporal magistralmente, como si fuese una sola persona, una sola unidad que creaba en mi emoción la más heterogénea mezcla de sensaciones, de pasos en falso, de caídas y rebeliones. Por un instante estimé prudente terminar mi costumbre de acompañar los buñuelos con caña importada, pero bien sabía que la caña no producía sombras ni figuras, sólo yo con mis discusiones. Sólo Alicia y yo. Y Antonia.
Al volver a verla, en esta pobre fila de jubilados muertos, vivos pero muertos, comprobé la ligereza con que la vida había pasado a mi lado, invitándome muy de vez en cuando a alguna tediosa reunión donde casi nunca conocía a nadie. Al volver a verla en esta pobre fila de personas tercas, que insisten en un país que no desea que insistan, volví a preguntarme qué hubiese sucedido si Antonia no hubiese entrado en mi vida, si hubiera sacrificado tan felices momentos a cambio de tener a Alicia viva, a mi lado, al lado de Juanito. Nunca nadie podrá responderme, excepto ella, si fue esa discusión en el viejo caserón de Don Octavio, aquel verano pegajoso, negro y asquerosamente fraudulento, el causante del ataque de Alicia. Sólo sé que en cinco días de veinticuatro horas, no más, sucumbí ante Dios. Universal jugada de ajedrez. Perdí una dama. Perdí la partida.
Al volver a verla, todos estos interrogantes cruzaron vertiginosamente la barrera impune de mis silencios y pensé que era tarde, que había sido el involuntario creador de una novela ampliamente aceptada, pero careciente de final.
Temí acercarme. En realidad, toda mi vida conté con esa dificultad primaria. Ciertas personas encierran una naturaleza de gran secreto que disfruto en develar, pero que me crea un gran muro de palabras entrecruzadas que me detienen, me inmovilizan. En muchas de aquellas ocasiones en las cuales decidí saltar ese muro, la dicha optó por acompañarme, no obstante lo cual, una y otra vez recaía en mi ineptitud original. Creo que Antonia no me dio lugar a la consabida elección de abandonar mis sueños, sembrando frustraciones también conocidas, ya que comenzó a observarme bastantes metros antes de que llegara a su lado. El camino hacia ella no fue del todo cómodo. Banstantes ancianos fueron testigos de mi torpeza al caminar, producto de esde bastón medio peño que me guía y estas veredas Argentina de los noventa, tan proclives a dejarse violar por empresas privadas (de humanidad, de respeto). El hecho de sentirme observado me impulsó a no regresar a mi posición en la fila sin haber cumplido mi objetivo inicial. Creo que allí, frente a ella, todas las miradas de la fila, los empleados que comenzaban a llegar, los taxistas, colectiveros y particulares que esperaban frente al semáforo, todos los ojos del Universo, del cielo, de los Dioses, de las canchas, de los ringss, de los colegios y de los cuarteles, se centraban sobre mí, aguardando mi frase, disfrutando mi transpiración, regocigándose ante mi falta de pulso.
La distancia entre Antonia y yo era, en la más estricta realidad, no superior a diez metros, trece o quince personas, treinta años. Los rostros de aquellas personas encontraban mansamente destino metamórfico, transformándose lentamente en Alicias, distintas, plásticas, deformes. Acusando algunas, con enormes dedos índices agitándose de arriba hacia abajo, mientras otras lloraban. Las menos sonreían con cierto placer instintivo tomando mi cuerpo por el cuello y alzando mis pies con sus otros brazos, amamantando mis miedos, mis excusas y mis terribles deseos de huír. Cada paso dado con dificultad permitía que, mágicamente, Antonia se alejara dos pasos de mí. El grupo de Alicias la rodeaban, la protegían.
Es casi medianoche. Tendido en esta antigua cama de bronce, tan brilloso como el primer día, (mérito del trabajo diario de Marga), repienso lo sucedido este lunes y lo analizo como un acto de injusticia, de una atrocidad y desmesura, propio de las peores dictaduras del alma. Cuán injusto es saber fehacientemente que tanto el vivir como el morir nos deparan el mismo destino, los mismos padecimientos internos. La mayoría de la gente cuenta con la genuina esperanza de encontrar otra vida, que acontecerá la dicha y le esperarán nuevos y brillantes horizontes. Yo sé que en la otra vida me aguardan todas las Alicias que ví en este frío lunes de agosto, tal vez en algún tiempo, junto a todas las Antonias que observo vacilante en este momento, al cerrar mis párpados.
