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	<title>Revista Literaria ETC</title>
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		<title>Vertebral (por Raúl Alonso)</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 12:55:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Raúl</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[“Tengo los muertos todos aquí; ¿quién quiere que se los muestre? Tengo los llantos todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><em><strong><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/10/Carbonico02bx3.jpg"><img class="size-medium wp-image-966  aligncenter" title="Carbonico02bx" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/10/Carbonico02bx3-300x196.jpg" alt="" width="300" height="196" /></a></strong></em></p>
<p style="text-align: center;"><em><strong>“Tengo los muertos todos aquí; ¿quién quiere que se los muestre?<br />
Tengo los llantos todos aquí, como una llovizna fría.<br />
¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?”</strong></em></p>
<p style="text-align: center;"><em><strong>(El show de los muertos)<br />
Charly García, 1974</strong></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: justify; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><em style="mso-bidi-font-style: normal;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"> </span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><em style="mso-bidi-font-style: normal;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Rosario y Javier se conocieron un 23 de junio.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Era la mañana, aunque a ninguno le importó.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Hacía frío y algunos chicos estudiaban a desgano en las escaleras.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>El viento era próximo y las mucamas hacían revuelo en las calles, creando algunas leyendas y silenciando verdades, únicamente relevantes para ellas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sus amos, al volante, las seguían desde lejos, detrás de sus Rayban.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sus amas sollozaban en sus cuartos y se acostumbraban ya a perder. </span></span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><em style="mso-bidi-font-style: normal;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">A partir de hoy te llamaré Milagros.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Si bien mi vida estuvo enmarcada por certezas, dudé mucho antes de bautizarte.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Ya sabrás por qué lo elegí, pero quiero que sepas y tengas claro que dudé, una y otra vez.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Este dato es importante,<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>tal vez más para mí que para vos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Siento el viento, lejano, al mismo tiempo que tu respiración, la cual me invade mágica y torpemente, pues es torpe también tu respiración, y es torpe el viento, que no sabe de incumbencias pacíficas o de luchas personales y sangrientas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Te siento cerca, muy cerca, y anhelo acariciar tus manos, como vos acariciaste las mías, casi sin darte cuenta, como al pasar, por un túnel oscuro y húmedo que nos cobija y nos enseña, que nos asfixia con sus garras de traición y pudrición.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero estaba con tus manos y no quiero desviarme de este </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">sueño.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Tus manos rozan mi cabello y el índice y el pulgar acarician mi oreja </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">derecha, mientras me subo a un tren eléctrico que se detiene en cada estación.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>En cada una de ellas la gente se baja y vomita sobre las vías.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Se escucha un silbato y </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">la gente se apura para vomitar más rápido y más lejos, antes que el tren parta nuevamente.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No puedo subir al vagón sin haber vomitado, por lo que el guarda me aconseja utilizar mis dedos para provocarlo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Observo que vomito sólo un líquido rojo tenue, mientras tus dedos se apartan por un instante de mi cabello y luego regresan a sus caricias,<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>devolviéndome cierto sesgo de identidad, mientras subo al vagón para seguir.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>¿Hacia dónde?<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es curioso, anduvimos toda la noche, durante horas, y las estaciones siempre eran la misma estación del comienzo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Claro que con el correr del tiempo provocaba mis vómitos de manera siempre perfectible, pero mucho más rápido, lo que me permitía observar el escenario (creo) con descreimiento, llegado un punto, sólo existía un halo de luz de forma achatada, mientras dos hombres flacos y poco aseados trataban de dormir a su reflejo.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Nunca dejás de mimarme, Milagros, y creo a estas alturas, estar en deuda contigo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Cambiaría ciertamente cada caricia por algo de agua fresca, pero tampoco es negocio, comenzás a hurgar en mi bulto y yo te dejo, tal vez por cobardía o por resentimiento, no sé, entiendo que estás ¿enamorada?, bueno, no creo que sea exactamente necesario, pero cuanto más me gustaría que me amaras del mismo modo que yo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es difícil negarse, me volvés a tocar y sin ayuno de prudencia me sacás el pantalón, casi de un tirón y me tirás en la cama, venís arriba y vuelvo a sentir tu sexo sobre mi dedo gordo y sobre mis testículos, y tenés uno, dos, tres </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">orgasmos, mientras creo morir, mientras te amo, mientras me ato a tus senos para no caer.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Me cuesta contarte cosas de mi vida, Milagros, qué tonto, ¿no?, cómo podés comenzar a creerme, si aún no te he comentado nada para que creas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No puedo evitar ese obstáculo inconciente.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Quemar libros y erigir fortificaciones es tarea común de los príncipes (dice Borges).<span style="mso-spacerun: yes;">   </span>Pero no me olvides, quedate<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>conmigo esta noche y mañana también.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Establezcamos juntos una manera de comunicarnos, quiero serte leal y no traicionarte, estamos haciendo la historia, en cierto modo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Como ya hicimos parte de ella, vos y yo, cada uno a su manera y en su contexto.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sabés que soy el hermano menor de Carlos, no mucho, sólo dos años, pero nos distancian bastante sus creencias y las mías, un poco como se distanciaron papá y mamá al poco tiempo de casarse, tal vez cuando comenzaron a ser como eran en realidad, como en todos los matrimonios.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero Carlos no tiene ese inconveniente, al menos por ahora.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Se mantuvo soltero, y con sus amistades del clero ha alcanzado una reputación que lo socorre a menudo en su posición de médico barrial.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Papi hubiese preferido (estoy seguro) otro futuro para mí.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Siempre proclamó sus deseos de felicidad y de entereza (para mí y mi hermano), pero sé que en el fondo quería verme al frente de la escribanía.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sólo pude alcanzar mi título de abogado, no sin muchísimo esfuerzo, pero sabíamos los dos –sin haberlo hablado nunca- que mi inclinación por lo social me traería problemas, más tarde o más temprano.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Mami estaría orgullosa de mí, la observo por la cerradura del cuarto y la noto feliz, mirándose al espejo, sin hacer nada.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Adivino su desnudez, </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">aunque sólo veo su rostro.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Ella sí me hubiese felicitado con el énfasis de las </span></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">madres.<span style="mso-spacerun: yes;">   </span>Soy muy parecido a ella, tenemos las mismas formas de sonreír y hasta se adivinan en mi rostro algunos rasgos femeninos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Me hubiera gustado que se conocieran, no dudo que hubiesen terminado siendo amigas, aunque sé también que ella hubiese reservado para sí ese pequeño rencor de las madres, para con las mujeres que conquistan a sus hijos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es mejor que no conozcas a Carlos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Has escuchado su voz, seguramente.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero es bueno que no lo conozcas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Te estoy extrañando, Milagros.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Hoy no te oí llegar, y eso me preocupó.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero pude percibir que estabas, y me tranquilicé.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>A partir de allí, no me importó salir otra vez, cumplir con la rutina de cada hora, de cada minuto.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>En cada instante recordé que habías llegado y sólo eso me mantuvo alerta, dolorido y cansado, pero con cierta rara forma de felicidad. </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: left; line-height: 200%; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">Javier es un hombre apuesto. <span style="mso-spacerun: yes;"> </span>Nunca le otorgó tiempo ni dedicación a su físico, pero contaba con una natural prestancia.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>En cierta forma,<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>diría que no conquistaba a las mujeres, sino que las demolía.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Con pequeños jabs verbales iba imponiéndose, muy lentamente, hasta que sorprendía con alguna actitud poco común, inesperada, que dejaba a la mujer de turno sin negativas posibles.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span></span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">Javier se recibió de abogado, entrando en los últimos tramos de la década del sesenta.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Esta realidad hizo que su padre le obsequiara un Longines que mantenía desde su juventud junto con un orgullo expuesto y una gratitud oculta.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Francamente nunca se había enamorado, pero igualmente se casó y tuvo dos hijos, a los que no volvió a ver desde que se marchó de su casa.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No pudo regresar al hogar de sus padres, no por negativa de éstos, sino por algún prejuicio mal curado que lo obligaba a no claudicar en su lucha por la independencia económica y emocional.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Odiaba el psicoanálisis.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Leía a Benedetti.</span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;"> </span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;"> </span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">A partir de hoy te llamaré Ives.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es verdaderamente simple.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es que eres para mí<span style="mso-spacerun: yes;">  </span></span></span><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Ives Montand.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Estuve con él tantas tardes de pueblo chico, lo amé tanto hasta la desilusión (cuando alguna bala inoportuna lo hería con desgano –sabía que nunca </span></span><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">moriría-) en filmes de colores tan especiales para mí, que luego, al salir, creía estar viviendo en blanco y negro.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Atesoraba también la música que adornaba sus pasos y sus dichos, esa voz tan romántica que me decía “buenas noches”, y que tomaba forma de manos callosas que acariciaban mi cabeza y cubrían mi cuerpo con las frazadas escocesas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Me pregunto a cada hora qué es lo que hago aquí.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No entiendo bien cómo es esto de vivir.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Juro que yo tenía el mapa de mi vida.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Mis padres me lo habían obsequiado, siendo muy pequeña, invariablemente frágil y única.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Siempre fuí única en mi hogar y es por eso (creo) que papá y mamá trazaron ese mapa con tanto esmero y amor.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Siempre supe, con muchísima antelación, a qué pueblo o ciudad me aproximaba.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Aún siendo una niña, cuando aún jugaba con el vapor de los vidrios, escribiendo nombres de gente querida o dibujando paisajes poco identificables.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Es curioso, imaginaba los ventanales de casa como grandes pizarrones, donde podía escribir y dibujar lo que me viniera en gana.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Podía borrar lo escrito, pero debía aguardar largos ratos hasta volver a escribir, o correr el riesgo de que mis letras o soles se fueran desintegrando hacia abajo, conformando lánguidas siluetas, que ya eran otra cosa, con otro nombre.<span style="mso-spacerun: yes;">   </span>Siendo joven descubrí algunos de mis dibujos en la obra de Dalí.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Conocía mis destinos próximos, con exactitud, con tonalidades varias, pero matices, detalles al fin.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>La verdadera e importante ruta estaba trazada y tenía un amplio dominio de ella.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Hasta el pasado mes de noviembre, cuando se produjo el desvío inesperado y </span></span><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">ya nada fue igual.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Tampoco podía prever que te conocería, Ives, pero en el actual contexto, lo agradezco.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Mi relación con Pablo no estaba bien y la separación era una amenaza constante.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Tal vez algún día cobre coraje para hablar con él y explicarle mi decisión de tener a nuestro hijo, aún a sabiendas de que él no lo </span></span><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">reconocería como suyo, no tanto por desamor como por desconfianza.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Y siento ese hijo, Ives, creeme que lo siento cada mañana.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Entiendo que no debe sentirse a gusto, pero trato de brindarme para que sienta afecto, cierro mis ojos y adopto la misma posición que adopta él, hasta que por un momento parecemos una sola persona.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Cierro mis ojos y lo imagino corriendo por el parque, mientras vos y yo lo observamos desde lejos, sonreímos y trazamos sobre un gran papel afiche el mapa de su vida, pero sin nombres ni pista alguna, que él mismo vaya descubriendo su itinerario, aunque nunca más solo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sueño que te miro y siento ya el frío de esta tarde de junio, me alcanza y me penetra y sé que llega hasta él, sé que tiene frío, los dos tenemos frío y me hace falta tu abrazo, Ives, nos hace falta tu abrazo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sé que están por llegar y creeme que los aguardo con ansias.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>En un primer momento rogaba a Dios no verlos, pero esto se fue transformando y ahora quiero verlos, sentirlos, hacerles saber que somos tres, que no les será sencillo.</span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;"> </span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">Rosario nunca tuvo demasiada idea de su belleza.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Esto suele ocurrir en aquellas personas bellas, lo toman con una naturalidad cercana a la ingratitud.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Siempre optó por no adornarla, jamás usó maquillaje y sus ojos verdes grisáceos nunca se </span></em></span><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">vieron amenazados por el rimmel.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Hubiese, sí, preferido lucir su embarazo, por aquellos lugares que amaba.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Tal vez visitar a su vieja maestra de segundo grado, esperarla a la salida y quedarse mirándola, hasta que sola se diese cuenta que era ella, Rosarito,<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>con su bebé (aún no sé el sexo –aunque es tranquilo,<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>intuyo que será nena-) y su acostumbrado paquete con tortas fritas.</span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Cuando podamos, Milagros, te llevaré a conocer mi casa de la infancia.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Estoy seguro que no encontraremos vínculos allí, ni siquiera los fantasmas que nosotros mismos creamos y que pretendemos estén en los rincones, aguardando por nosotros (como si fuésemos tan importantes)<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Pero me encantaría verte el rostro si descubrís mis escondites, de los que tanto te hablé.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Anoche tuve mucha sed, no podía aguantarla y fue sólo tu recuerdo el que me calmó.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span></span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">Dormí mirando el cielo, el cual está muy, muy cerca, tal vez demasiado.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Entiendo que tu cielo será el mismo, así que te sugiero que lo mires de la misma forma que yo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Abrí y cerrá los ojos, imaginando un celeste imperecedero, una y otra vez, cada vez con más velocidad.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>De esa forma pude atravesar las horas, sin darme cuenta, sin sentir el frío, sin sentir el olor que, de una manera u otra, despide mi cuerpo y (creo que) mi alma.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>También escuché algo de radio y en un momento me pareció oír tu voz.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sé que no eras vos, pero me alentó imaginarlo.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Comencé a pensar una vieja letra de un tango que escuchaba con papi cada atardecer, sentados los dos, uno al costado del otro y con las luces apagadas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>A cada estrofa traté de </span></span><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;">agregarle el tono musical que corresponde, jugando con la escala, de tal manera de cantarlo con distintos grados de graves y agudos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>“Ayer cantaron poetas/y sonaron las orquestas/en las suaves noches de romántico querer/” La menor-Mi menor-Si Mayor.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Cambio por Do Mayor-La Menor-Mi Mayor.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Y así.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sé que me esperan visitas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No son las mismas visitas de la infancia, tal vez me pidan que toque algo en mi guitarra, pero hoy no siento ganas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>No les daré el gusto.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span></span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;"> </span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">Rosario Benedictis y Javier Solzano estuvieron detenidos desaparecidos durante la dictadura militar de Argentina.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Convivieron durante siete meses en celdas contiguas y jamás se vieron las caras. Durante los últimos sesenta días estuvieron solos, cada uno en su pequeña celda, de techos muy bajos y con camas de cemento, sin abrigos ni almohadas.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Se escuchaban el uno al otro, especialmente al regreso de las sesiones de tortura.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Sobre las noches, se acercaban ambos a sus puertas y hablaban por la única rendija que existía en esos ámbitos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Desconocían sus nombres verdaderos.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Rosario Benedictis tuvo un hijo en su cautiverio, (pese a su creencia, fue un varón) pero no alcanzó a conocerlo.<span style="mso-spacerun: yes;">   </span>Ella falleció a las pocas horas del parto.</span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;"> </span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><em><span style="font-size: small;">Javier Solzazo regresó a ese centro de detención veinticuatro años después y alcanzó a identificar algunas de las más patéticas y miserables huellas de toda aquella historia.<span style="mso-spacerun: yes;">  </span>Leyó en la pared de una de las celdas “Ives, tuya por siempre”</span></em></span></p>
<p class="MsoBodyTextIndent" style="text-align: left; margin: 0cm 0cm 0pt 26.95pt;"><span style="font-style: normal; font-family: &amp;amp;amp;" lang="ES-AR"><span style="font-size: small;"> </span></span></p>
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		<title>Punto de retorno</title>
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		<pubDate>Tue, 07 Sep 2010 14:18:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Raúl</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Raúl Alonso (2004) -¿Querés más vino?-me preguntó Juanito, con un movimiento de ojos hacia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/09/manos-de-un-anciano.jpg"></a></p>
<p><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/09/soga.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-930" title="soga" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/09/soga.jpg" alt="" width="400" height="266" /></a></p>
<p>Por Raúl Alonso (2004)</p>
<p>-¿Querés más vino?-me preguntó Juanito, con un movimiento de ojos hacia la botella de tinto casero que había traído Tía Isabel desde San Juan.  Pobre Tía.  Qué alegría le causaba cada llegada de julio, cuando año tras año salía la excursión del Pami para la provincia que le había dado la vida y el primer y único amor.  Tenía ganas de beber.  La compañía de Juanito, desde la mañana muy temprano, en ese tramo en que el sol nos recuerda que somos inevitable y torpemente humanos, me hacía muy bien y mi rostro creo que lo reflejaba pues los gatos se ordenaban recostados como en un perfecto círculo mágico alrededor de mis zapatos, acción que emprendían sólo en esas circunstancias, tal vez uno o dos veces cada lustro.  Aquella mañana era por donde se la mirase distinta al resto de las mañanas.  Y no hablo solamente de no haber bajado por una vez a la Plaza San Martín hasta Florida y no haber discutido una vez más con Mario sobre la posibilidad de ver a Racing campeón.  No.  Esa mañana habían regresado a mi alma las ráfagas de desafío y de temor juveniles, aniquilando (palabra tan usada en este país, por gente que usa lo que tiene a mano, sean palabras, fusiles o picanas) las telarañas ya formadas y decididamente establecidas en ciertos rincones oscuros y tenebrosos del corazón que me ha tocado en suerte&#8230;</p>
<p>Ignoro por qué ese lunes opté por la bufanda escocesa, roja y verde, muy tradicional, tal vez demasiado.  Se anticipaba de una manera muy acabada la frialdad que nos envolvería durante toda la jornada, y para colmo el 33 no llega nunca.  Hacía meses que había intentado cambiar de Banco por uno que estuviese más cerca, bien podría ser el Nación que está frente a la estación Lanús.  Pero nunca sucedía nada.  Con este gobierno ya ni los acomodos funcionan y el cuñado de Elba, Ricardo, nada había logrado hacer con ese pedido hecho a sus amigotes del comité.  Cercano a las diez, un cuarto de hora retrasado, subí al 33, aguardando como casi siempre que algún jovenzuelo tuviese esa antiquísima costumbre de ceder el asiento a un anciano.  Que eso era, qué otra cosa, seamos sinceros Abelardo.  La ancianidad nos había asaltado, como nos sorprendió la juventud y como nos jodió la adultez.  Puta adultez, que nos sorprendió con un jodido trabajo, que nos brindó esta puta y jodida jubilación.  Lo de siempre.  Por Rivadavia la colas de los números impares.  Por Talcahuano los de números pares.  Abelardo Acosta.  Par.  Talcahuano.</p>
<p>Algunos insistían con la lectura de los diarios, creyendo inocentemente matar el tiempo, sin tomar cuenta –mientras el gris del cemento parecía unificarse arriba nuestro y poco a poco ajustaba una medida más sus manos sobre nuestros cuellos, quitándonos el oxígeno que tan ordinariamente habíamos desperdiciado en un competición sin sentido- que el tiempo, lentamente, era quien los mataba.</p>
<p>Y ella.</p>
<p>Nos separaban una treintena de personas, no obstante lo cual mi vista, tan castigada, tan subestimada por mí, volvía a contar con quince años, y me asistía.  Primero sus zapatos (juraría que eran los mismos que usó esa noche, la noche en que nos sumergimos en una decisión conjunta, feliz, humana en su real sentido –animal en el sentido que siempre me gustó describirla- que no cambió nada en el desarrollo externo de nuestras vidas, pero que nos cambió, qué duda cabe)  Luego sus medias, siempre impecables, y su vestido preferido, blanco, increíblemente blanco, que resiste el paso de los años, tal vez porque su silueta ha sido generosa con el mundo y le permite saborearla aún hoy, luego de más de treinta años.</p>
<p>La imagen de Alicia apareció en mi mente casi al mismo tiempo.  No han pasado más de doche horas desde que sucedió, pero ya he olvidado.  Anhelaría recordar con precisión el orden en que se establecieron en mí las emociones, tal vez porque volví a sentirme vivo.  Ese estado de alerta somnolencia, en el cual todas las palabras comenienzan a significar cada minuto algo menos, en el cual el mundo entero, sí, el mundo entero desaparece y no se escucha más que Mozart y no se siente más que un corazón latiendo como debería latir siempre, si uno fuese tan inteligente de elegir vivir y no se ve más que esa imagen, expresiva, enérgica, que se ajusta a la escenografía más acabada, más real y, a la vez, más metafórica que se nos puede ocurrir.</p>
<p>La observé detenidamente.  Cualquiera hubiese pensado que cobraba por primera vez, dato extraído de su rostro, redondo de alegría, su sonreír, su peinado de sábado a la tarde con reminiscencias de spray.  Caminó por Talcahuano muy despacio, como en puntas de pie, eludiendo baldosas en flojo estado, ancianos, yuppies de celulares incandescentes y esperanzas torturadas, casi avergonzadas.  Esperan-zas.  Esperan.  Esperamos.</p>
<p>Comenzaron a girar en torno a mí figuras muy arraigadas en mi memoria, en distintas tonalidades que abarcaban múltiples gamas de azules pero que no eran figuran inmóviles, sino como actos teatrales, sí, teatrales, con diálogos que se escuchaban tan nítidamente como desde la fila veinte, con ese efecto tan difícilmente explicable, voces huecas, roncamente masculinas, tan dulcemente femeninas, sí, era teatral, el espejo sobre el placard doble de la habitación, corbata gris, no, mejor la bordó, Abelardo, que te corta el azul, te queda linda.  Vamos Alicia, llegamos tarde.  Mi vida en círculos, como en un abrazador tío vivo, en manos de Bretch.</p>
<p>Sus ojos estaban enmarcados dentro de una gran esfera negra;  no había nada fuera de ellos, sus contenidos celestes me impactaron, me desequilibraron.  Desde hacía bastantes años no contaba con esa sensación en todo mi cuerpo.  Creo no mentir en esto:  cuando conocí a Alicia (feliz noche invernal, de esas en las cuales los sueños y las realidades se aparean, se cogen sin estupor, sin recelo y permiten que uno sea íntegra y desconocidamente uno mismo, entero, orgulloso) tuve la impresión de quien acaricia por primera vez los senos de una mujer, sin haberlos tocado, diría más, sin siquiera tocar ni sus manos, sólo Ah ella es Alicia, próxima psicóloga, y no escuché más, ni quise.  Ese calor desde mis entrañas y mi corazón trabajando doblemente con la mitad de esfuerzo.  El celeste en los ojos de Antonia permitió que renaciera en mí la sonrisa, tal vez no por imaginar ningún principio o final, sino por reconquistar mis fantasías, volver a contar en mi mente con todo el proceso interno que lleva a imágenes deseadas, diálogos compartidos y sensaciones comunes y la inevitable, feliz, desafiante aventura de esperar con calma que esa realidad finalmente coincida.</p>
<p>El viento comenzaba a hacerse sentir, como acompañando al sol en su subida hasta lo más alto.  Cada golpe fuertemente aplicado en mi rugosa y curtida piel era como la orden de un imaginario director que cambiaba automáticamente la escenografía, las frases, y las consecuencias emocionales de mí, pobre espectador, antiguo protagonista, pobre y antiguo ser que lucha contra sí mismo para no dejar pasar esta última oportunidad de demostrar que los sueños son órdenes dadas al Universo para convertir la felicidad en asfalto y transitarla, y no dejar de hacerlo, gastar todas las suelas y los suelos.  No alcanzo a sobrevivir sin vos, Antonia.  Faltan pocos metros.  Me observa.   Toda de blanco, hermosamente de azul.</p>
<p>Sin duda, todo aquello había causado dentro de la familia cierto revuelo interior, más allá de lo poco que Alicia había decidido dar a conocer, casi siempre a través de gestos manifiestos o comprobaciones verbales que acercaban y diferían explicaciones que nunca llegarían en el tiempo justo.  Creo no mentir si aseguro que Estela –mientras devoraba como acostumbraba los exquisitos buñuelos de banana que Tía Isabel preparaba los días doce (nunca supimos bien por qué había elegido esas fechas para tan disparatada costumbre)- fue la primera en regar pacientemente de dudas la mente de Alicia.  Recuerdo que en ese anochecer, Alicia recorrió el gran jardín de la casa de Adrogué con su cabeza muy baja, como dialogando con su corazón, tal vez como única salida posible a la virtual imposibilidad de dialogar conmigo.  En muchas ocasiones me pregunté cuál era el motivo por el cual mis diálogos con Alicia culminaban de la manera más inesperada.  Podían finalizar muy bien, o bien, o mal, pero nunca de una forma que uno pudiese prever y mucho menos planear.  Esa noche, en la casa de Adrogué, observé a Alicia caminar a tientas por el jardín y muy próxima a ella, casi adherida a su sombra la imagen de Antonia, que reproducía su lenguaje corporal magistralmente, como si fuese una sola persona, una sola unidad que creaba en mi emoción la más heterogénea mezcla de sensaciones, de pasos en falso, de caídas y rebeliones.  Por un instante estimé prudente terminar mi costumbre de acompañar los buñuelos con caña importada, pero bien sabía que la caña no producía sombras ni figuras, sólo yo con mis discusiones.  Sólo Alicia y yo.  Y Antonia.</p>
<p>Al volver a verla, en esta pobre fila de jubilados muertos, vivos pero muertos, comprobé la ligereza con que la vida había pasado a mi lado, invitándome muy de vez en cuando a alguna tediosa reunión donde casi nunca conocía a nadie.  Al volver a verla en esta pobre fila de personas tercas, que insisten en un país que no desea que insistan, volví a preguntarme qué hubiese sucedido si Antonia no hubiese entrado en mi vida, si hubiera sacrificado tan felices momentos a cambio de tener a Alicia viva, a mi lado, al lado de Juanito.  Nunca nadie podrá responderme, excepto ella, si fue esa discusión en el viejo caserón de Don Octavio, aquel verano pegajoso, negro y asquerosamente fraudulento, el causante del ataque de Alicia.  Sólo sé que en cinco días de veinticuatro horas, no más, sucumbí ante Dios.  Universal jugada de ajedrez.  Perdí una dama.  Perdí la partida.</p>
<p>Al volver a verla, todos estos interrogantes cruzaron vertiginosamente la barrera impune de mis silencios y pensé que era tarde, que había sido el involuntario creador de una novela ampliamente aceptada, pero careciente de final.</p>
<p>Temí acercarme.  En realidad, toda mi vida conté con esa dificultad primaria.  Ciertas personas encierran una naturaleza de gran secreto que disfruto en develar, pero que me crea un gran muro de palabras entrecruzadas que me detienen, me inmovilizan.  En muchas de aquellas ocasiones en las cuales decidí saltar ese muro, la dicha optó por acompañarme, no obstante lo cual, una y otra vez recaía en mi ineptitud original.  Creo que Antonia no me dio lugar a la consabida elección de abandonar mis sueños, sembrando frustraciones también conocidas, ya que comenzó a observarme bastantes metros antes de que llegara a su lado.  El camino hacia ella no fue del todo cómodo.  Banstantes ancianos fueron testigos de mi torpeza al caminar, producto de esde bastón medio peño que me guía y estas veredas Argentina de los noventa, tan proclives a dejarse violar por empresas privadas (de humanidad, de respeto).  El hecho de sentirme observado me impulsó a no regresar a mi posición en la fila sin haber cumplido mi objetivo inicial.  Creo que allí, frente a ella, todas las miradas de la fila, los empleados que comenzaban a llegar, los taxistas, colectiveros y particulares que esperaban frente al semáforo, todos los ojos del Universo, del cielo, de los Dioses, de las canchas, de los ringss, de los colegios y de los cuarteles, se centraban sobre mí, aguardando mi frase, disfrutando mi transpiración, regocigándose ante mi falta de pulso.</p>
<p>La distancia entre Antonia y yo era, en la más estricta realidad, no superior a diez metros, trece o quince personas, treinta años.  Los rostros de aquellas personas encontraban mansamente destino metamórfico, transformándose lentamente en Alicias, distintas, plásticas, deformes.  Acusando algunas, con enormes dedos índices agitándose de arriba hacia abajo, mientras otras lloraban.  Las menos sonreían con cierto placer instintivo tomando mi cuerpo por el cuello y alzando mis pies con sus otros brazos, amamantando mis miedos, mis excusas y mis terribles deseos de huír.  Cada paso dado con dificultad permitía que, mágicamente, Antonia se alejara dos pasos de mí.  El grupo de Alicias la rodeaban, la protegían.</p>
<p>Es casi medianoche.  Tendido en esta antigua cama de bronce, tan brilloso como el primer día, (mérito del trabajo diario de Marga), repienso lo sucedido este lunes y lo analizo como un acto de injusticia, de una atrocidad y desmesura, propio de las peores dictaduras del alma.  Cuán injusto es saber fehacientemente que tanto el vivir como el morir nos deparan el mismo destino, los mismos padecimientos internos.  La mayoría de la gente cuenta con la genuina esperanza de encontrar otra vida, que acontecerá la dicha y le esperarán nuevos y brillantes horizontes.  Yo sé que en la otra vida me aguardan todas las Alicias que ví en este frío lunes de agosto, tal vez en algún tiempo, junto a todas las Antonias que observo vacilante en este momento, al cerrar mis párpados.</p>
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		<title>Liana Wenner &#8211; Nuestro Vinicius en Mar del Plata</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Aug 2010 13:28:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Raúl</dc:creator>
				<category><![CDATA[Featured]]></category>
		<category><![CDATA[Novedades]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi encuentro con Liana no resultó fácil.  El invierno hizo lo suyo y la medicina [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-770         aligncenter" title="Liana10bn" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/Liana10bn4.jpg" alt="" width="421" height="280" /></p>
<p style="text-align: left;"><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/Liana10bn4.jpg"></a>Mi encuentro con Liana no resultó fácil.  El invierno hizo lo suyo y la medicina dió su veredicto.  Estado gripal, fuerte, inaccesible.  Y postergaciones infinitas.  En su última noche en la ciudad pude observarla a través de la vidriera del lugar donde habíamos consensuado el encuentro.  Pocas personas estaban allí.  Mientras Marcos observaba, obediente, un partido de fútbol diferido, añejo, ella se distendía.  Y yo también.</p>
<p style="text-align: left;">La historia de NUESTRO VINICIUS (Vinicius de Moraes en el Río de la Plata) se genera en una causa que nos une.  Ese mítico disco, grabado en La Fusa, giraba en su tocadiscos al igual que en el mío.  Y sin comprender sus letras, sin entender de qué se trataba esa armonía alegre, nos obligaba a repetir la escena, levantar el brazo, acomodar la púa, y otra vez, Vinicius&#8230;  Expresa Liana en su prólogo: <em>&#8220;&#8230;allá afuera la belleza y el amor habían desaparecido&#8230;&#8221;</em> No lo entendíamos, sí lo intuíamos.   Esos temas que escuchaba, una y otra vez,  me protegían.  Y Liana tuvo el buen gesto de volver a protegerme, sin saberlo.</p>
<p style="text-align: left;">Liana es tranquila, como sus ojos claros.  Se expresa con suavidad.  Hablamos de Mar del Plata, de la literatura de playa.  Hablamos de Pauls y de Forn.  De esta revista y de una novela que llegará con el tiempo, seguramente.  Liana es periodista cultural y de espectáculos y actualmente se desempeña como emprendedora cultural.  Trabajó para diversos medios, como Graffiti (Montevideo), Línea, Así y Gabo.  Es traductora de inglés y portugués.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-768         aligncenter" title="vini1" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/vini12.jpg" alt="" width="500" height="157" /></p>
<p style="text-align: left;"><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/vini12.jpg"></a>Nuestro Vinicius nos lleva de la mano por el sendero del <em>Poetinha</em>.  Nos habla de su primer libro editado en Buenos Aires, a través de Daniel Divinsky, y, a partir de allí, de su llegada a un Buenos Aires espléndido, nocturno, abarcativo.  Corrían los primeros años de los ´70, época de nocturnidad, alcohol, genialidad.  La noche de Buenos Aires unía a Troilo, a Piazzolla, el teatro, el Luna Park, el café concert, Borges.  En ese contexto de efervescencia llega un Vinicius golpeado por haber sido despedido del cuerpo diplomático de Brasil.  Y es allí donde comienza a generar su leyenda en estas tierras.  Cultiva la amistad de Horacio Ferrer, de Astor Piazzolla, de Horacio Molina, de Mono Villegas, sus libros son best-sellers (palabra que aún no amenazaba a la buena literatura)</p>
<p style="text-align: left;">Lo que a mí me generó un verdadero placer fue el viaje que Liana nos propone hacia el verano de 1971 cuando Vinicius desembarca junto a Toquinho y Maria Bethania en La Fusa, local que se ubicaba en Rodriguez Peña al 100, en Playa Grande.  Allí compartían escenario con Horacio Molina, con Eladia Blasquez, con Antonio Gasalla, con Carlos Perciavalle.  También podemos revivir la presencia de Les Luthiers, de Nacha Guevara, de Chico Buarque.  En fin, un pasaje del libro de Liana que refleja, con claridad y vasta documentación, una ciudad y una actividad cultural dentro de ella que nos obliga, cuanto menos, a ejercer una nostalgia afectuosa y recurrente.</p>
<p style="text-align: left;">Vinicius despilfarró coherencia.  Coherencia entre su espíritu, su talento poético y su propia vida.  Amante de la amistad, del alcohol y de las mujeres.  Y de la alegría.  Este libro de Liana Wenner nos devuelve un poco de todo eso, y, en cierta forma, nos hace mejores.</p>
<p style="text-align: left;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: left;"><strong>Sei lá&#8230; a vida tem sempre razão</strong></p>
<p style="text-align: left;"><em>Tem dias que eu fico pensando na vida<br />
E sinceramente não vejo saída.<br />
Como é, por exemplo, que dá pra entender:<br />
A gente mal nasce, começa a morrer.</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>Depois da chegada vem sempre a partida,<br />
Porque não há nada sem separação.<br />
Sei lá, sei lá, a vida é uma grande ilusão.<br />
Sei lá, sei lá, só sei que ela está com a razão.</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>A gente nem sabe que males se apronta.<br />
Fazendo de conta, fingindo esquecer<br />
Que nada renasce antes que se acabe,<br />
E o sol que desponta tem que anoitecer.</em></p>
<p style="text-align: left;"><em>De nada adianta ficar-se de fora.<br />
A hora do sim é o descuido do não.<br />
Sei lá, sei lá, só sei que é preciso paixão.<br />
Sei lá, sei lá, a vida tem sempre razão.</em></p>
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		<title>Poesía marplatense en Buenos Aires &#8211; Colegio Arturo U. Illia</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 15:14:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Raúl</dc:creator>
				<category><![CDATA[Secundarias]]></category>

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		<description><![CDATA[Distinguida participación del Colegio Nacional Dr. Arturo U. Illia en las XI Olimpíadas Colegiales de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/Evangelina.jpg"></a></strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong><img class="size-medium wp-image-735    aligncenter" title="Evangelina" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/Evangelina1-300x225.jpg" alt="" width="300" height="225" /></strong></p>
<p><strong>Distinguida participación del Colegio Nacional Dr. Arturo U. Illia en las XI Olimpíadas Colegiales de Poesía 2010.</strong></p>
<p>El pasado viernes 2O de agosto los alumnos Ramiro Alfaya ( 4° 4°) , Joaquín Galindo (5°1°) y Mauricio Hankovits (5°1°) del Colegio nacional Dr. Arturo U. Illia participaron en la ciudad de Buenos Aires, junto a la profesora de Literatura Evangelina Aguilera, de las XI Olimpíadas Colegiales de Poesía, organizadas por A.PO.A (Asociación de Poetas Argentinos).<br />
En el mes de julio los estudiantes resultaron finalistas entre mil ciento veinte trabajos enviados por alumnos de todo el país. La final de las XI Olimpíadas, para la que se prepararon con la docente, se realizó en el Salón Dorado de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en el marco de las XI Jornadas Itinerantes de Poesía.<br />
La final consistió en la creación de un poema, en un tiempo máximo de dos horas y media, conforme a instrucciones elaboradas por la Asociación de Poetas.<br />
El alumno Joaquín Galindo fue distinguido con la Segunda Mención de Honor en su categoría.<br />
Como integrantes del Colegio Nacional Dr. Arturo U. Illia nos sentimos orgullosos de la participación y desempeño de nuestros estudiantes quienes nos animan a seguir apostando a una calidad educativa de excelencia, comprometida y participativa.</p>
<p><strong>En mi periferia</strong>, por Ramiro Alfaya</p>
<p><em>Antes de que el tiempo se acuñara en días</em></p>
<p><em>intenté andar por tus caminos</em></p>
<p><em>Antes de verte bajar imponente entre montañas</em></p>
<p><em>intenté subir por tu sendero</em></p>
<p><em>Cuando tu pelo todavía no se trenzaba</em></p>
<p><em>Cuando tus ojos todavía no decían nada</em></p>
<p><em>yo vagaba por tus caminos</em></p>
<p><em>ahora ya no soy</em></p>
<p><em>ya no puedo más</em></p>
<p><em>mientras caes a mi lado</em></p>
<p><em>no puedo ni pensar</em></p>
<p><em>hasta del hablar me despojaste</em></p>
<p><em>Se agolpan solo a un lado</em></p>
<p><em>para dejarme pasar</em></p>
<p><em>antes de que el tiempo se acuñara en días</em></p>
<p><em>ya no podía ni mirar&#8230;</em></p>
<p><strong>Poema</strong>, por Mauricio Hankovits</p>
<p><em>Diáfanas gotas de rocío como frutospendían en la intemperie de la catedral de hojas,donde la noche era una boca oscuraabriéndose por las ventanas de la túnica verde.Y al desplomarse la hematita carnívora,sobre la húmeda dinastía de erizadas mandrágorasel cielo arrebol fue devorado por el sosiegode cien cuevas abiertas como fauces podridas.Al núcleo de las tinieblas ahora me dirijo,con versos que sólo serán más granos en el rojogranero de nuestro fatal destino,enervado por dioses lejanos del oprobio y la desidia.Desde la médula viscosa de la selva,nos contagiamos de las palpitaciones sagradasy con lívidos pies prometemosembriagarnos de pasión de lanzas procelosas.Romperemos el prisma que encierra a la rosay con él las lóbregas cadenasque los demonios acerados entrelazan entresulfurosos silbidos de plomo que araña.Beberemos de la pócima de nuestro polen de tierray sentiremos las yemas de la esenciaapretar como caricia a la mano nuestros pechosy lianas enredando nuestras venas.Prometemos embeber en nuestra sangreeste futuro serpentario, nido de calcáreos pesarescon nuestro epitafio como sombra de planetaeclipsando hasta el último día de la última estrella.</em></p>
<p><strong>Sólo un sonámbulo</strong>, por Joaquín Galindo</p>
<p><strong>(segunda mención de honor en las XI Olinpíadas nacionales de Poesía)</strong></p>
<p><em>Largas túnicas azabaches,encerrando a erráticasalmas en pena.</em></p>
<p><em>Oscura,profunda cuevaapenas clareada por los tímidos haces queen íntima comunión con la sangre púrpura,atraviesan diáfanosprismas rojos.</em></p>
<p><em>¿Quién es Dios aquí?</em></p>
<p><em>Las quebradizas yemas crujen.Los deliciosos granos de cereal,recuerdo de tiempos venturosos y ricosse deslizan suavemente por el enervado dedo.</em></p>
<p><em>Si se caen al suelo,ya se habrán olvidado de ser,si es que se puede olvidar,si es que se puede caersiendo nada.</em></p>
<p><em>La naturaleza se desploma y es engullidapor el mismo devorador del hombre,que araña el núcleo de su médulaque aprieta su fláccida nuca.</em></p>
<p><em>Se devora y prescinde de sí mismo,inmortalizando su semblante en áurea figura,sobreviviendo a su propia combustión fatua.</em></p>
<p><em>Sólo un sonámbulo sólo un soñador podrá despertar de este triste averno.</em></p>
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		<title>El oficinista de Guillermo Saccomano</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Aug 2010 16:03:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Agustin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recomendados]]></category>
		<category><![CDATA[Secundarias]]></category>

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		<description><![CDATA[]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-627" title="El_oficinista1" src="http://www.revistaetc.com/wp-content/uploads/2010/08/El_oficinista1.jpg" alt="" width="350" height="501" /></p>
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